Cartelera y relatos

 

 

 

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FENOMENOS LA NOVELA ROMANTICA

Apasionadas, románticas y vendedoras

 

Por Alejandra Rodriguez Ballester l Especial

 

Dos nuevos sellos de novela romántica acaban de desembarcar en la Argentina , que se suman a otra media docena que ya se sacudió los prejuicios ante un fenómeno innegable: la receta del amor apasionado más erotismo y final feliz representa en nuestro país el 11% de las ventas de ficción. Lectoras fieles —que devoran un promedio de cinco títulos al mes—, editoras y escritoras, analizan un género que calienta las estanterías.

En sus Apostillas a El nombre de la rosa, Umberto Eco se planteaba cómo hablar de amor, en estos tiempos, a una mujer conocedora de la tradición romántica y de los géneros masivos que codificaron el discurso amoroso. "Como diría Liala (escritora italiana similar a Corin Tellado), te amo desesperadamente", era la fórmula propuesta para el pudoroso amante que, parapetado en la ironía, ponía en evidencia un intertexto largamente transitado. Así lograba declarar su amor, a salvo de cualquier sospecha de ingenuidad cultural.

Los pudores de Eco aludían a la necesidad de una relectura irónica para poder recorrer nuevamente ciertos géneros que remiten al pasado. Sin embargo, muy lejos de la torre de marfil, existe actualmente un amplio universo de lectoras (y también algunos lectores) que reclaman amor sin tapujos, narraciones lineales donde la pasión esté asegurada desde la primera página, donde cierta previsibilidad, como el final feliz, es considerada virtud y regla irrenunciable. La novela romántica —como se la llama con expreso rechazo del nombre peyorativo de "novela rosa"—, que tiene su origen en la novela del siglo XIX, el melodrama y el folletín y es el antecedente literario de la telenovela, goza hoy de buena salud. Sus heroínas ya no son tan sumisas como antaño, el erotismo es un condimento indispensable y las relaciones entre los sexos son algo más equitativas; los argumentos a veces incluyen dosis de suspenso o se combinan con la narración histórica. Su principal factoría está en los Estados Unidos. Allí el género factura 1.200 millones de dólares al año y hay más de 1.600 escritores que lo cultivan. Esta abundancia garantiza la provisión, desde el imperio, no sólo de insumos bélicos, sino también de enormes cantidades de amor que nutren a las editoriales del mundo entero.

Con tapas que acentúan una estética kitsch con muchos dorados, descriptas por los propios editores como literatura "comercial", "de entretenimiento" o "de evasión", estas novelas están generalmente desterradas de los suplementos literarios. Sin embargo, editoriales como Alfaguara o El Ateneo están lanzando en estos meses nuevos sellos dedicados al género —Manderley y Rubí, respectivamente— e impulsan el surgimiento de autoras locales. La pionera en la Argentina fue la editorial Vergara con su colección tradicional Amor y Aventura, con la que continúa Ediciones B que amplió, con otras tres más, la oferta de novelas románticas. Sudamericana ha publicado autoras argentinas que cultivan el género, como Cristina Bajo o Florencia Bonelli, y tiene una colección específica, Cisne, en ediciones de bolsillo. Tradicionalmente, la editorial Titania ha importado abundantes títulos y lo sigue haciendo. Por otra parte, una nueva editorial, Vestales, sale al ruedo anunciando la búsqueda de autores argentinos para su colección "La educación sentimental".

¿Cuáles son los motivos de este interés editorial? Básicamente, que el género es un best seller. Sus ventas subieron en 2004 en los Estados Unidos, donde acaparó el 50% del total de las colecciones de bolsillo (Paperback); sólo el grupo Torstar, que incluye los sellos Harlequin, Mills & Boon, Mira, Red Dress, Silhouette y Steeple Hill, publicó 1.141 títulos en el año, según Publishers Weekly. En España, La Vanguardia afirma que, en 2005, "la novela rosa representa un 7% del mercado español" y así supera en siete veces, por ejemplo, a los libros de terror, con una facturación de más de 60 millones de euros anuales.

En la Argentina la venta de novelas románticas representa un 11% del total de narrativa. "Es un número más que interesante si tenemos en cuenta que la novela histórica representa el 17,5% de las ventas de ficción", estima Jorge González, gerente comercial de Librerías Yenny-El Ateneo, cadena que vende 17.000 ejemplares de libros de este género al año.

"La literatura sofisticada no tiene reglas. La literatura de género sí, está más orientada a gente que busca leer policial, romántica, etc. Otros la llaman literatura de entretenimiento o comercial. Nosotros vimos que el género romántico tiene reglas más estrictas, como la necesidad del final feliz. Si una novela policial como las del sueco Henning Mankell, puede ser muy moderna, la novela romántica es tradicional", define la editora Julieta Obedman, que explica así la creación de Manderley dentro de Suma de Letras, para diferenciar al género romántico del sello de narrativa ya existente en el grupo Santillana, que es Alfaguara. Salen al ruedo en la Argentina con Lo que dicen tus ojos de la cordobesa Florencia Bonelli, presentado hace quince días.

Lectoras voraces

Pero existe otro fenómeno que estimula a las editoriales: el universo peculiar de las lectoras. "Yo las descubrí en la presentación de Indias blancas de Florencia Bonelli, y no lo podía creer. Vinieron de Córdoba, Mendoza y Rosario", cuenta Annamaría Muchnik, jefa de prensa de Sudamericana. "El 50% tiene entre 18 y 29 años. El 30%, entre 30 y 45", afirma por su parte Carolina Dibella, directora editorial de Ediciones B.

Capaces de pulverizar los parámetros de los sociólogos de la lectura, estas lectoras devoran un promedio de entre 2 y 6 libros al mes y pueden superar los 100 anuales. Cabe recordar que las estadísticas sobre hábitos de lectura consideran "lector asiduo" a quien lee más de 25 libros por año y que, en la actualidad, se observa en distintos países una disminución generalizada de los lectores frecuentes.

Defensoras del final feliz y la nobleza de los personajes, estas lectoras encontraron en Internet un medio de expresión y comunicación que da un nuevo giro a su práctica: les infunde un espíritu combativo y las lleva a reafirmar una identidad global como amantes de un género que consideran que debe ser reivindicado. Se nuclean en la web en sitios con nombres como www.universoromance.com, http://www.elrinconromantico.com, http://www.autorasenlasombra.com. Están en contacto con otras lectoras del género en distintos países y algunas se las ingenian para conseguir las ediciones que se publican en España cuando la oferta local no les alcanza.

"Nos conocimos en un foro español y vimos que necesitábamos crear uno para las argentinas porque en España publican muchos libros que acá no llegan. Damos información sobre lo que se edita acá, comentamos los libros", cuenta Nelly Soria —43 años, su nick es Nebe y lleva la contabilidad en una empresa—, creadora junto con Natalia Klein —24 años, graduada en administración de empresas en Córdoba y gerente de la empresa familliar—, del foro local gaucharomantica.forum.ijijiji.com. Este apareció en abril y ya tiene casi un centenar de personas que se registraron y se conectan habitualmente.

Estas lectoras se han convertido en fuertes aliadas de las editoriales no sólo porque publican sus novedades en la web y avisan con antelación a las lectoras sobre la fecha en que salen a la venta los nuevos títulos, sino que también asesoran a los editores acerca de los libros que les conviene publicar. Y también los critican cuando no las escuchan o no cumplen con sus expectativas. "Hay editoriales que saltean la programación: nosotras avisamos que va a salir un libro en una fecha y después no cumplen. Algunos libreros, que tienen información, nos ayudan. En cambio las nuevas editoriales de romántica tienen un concepto más moderno de atención al público", afirma Natalia.

Como las fans del género forman una comunidad global, a veces reciben envíos de libros no editados en el país (de segunda mano, para que no resulten tan caros) que les mandan desde España. También hay espíritus solidarios que traducen novelas del inglés y las suben a la web para que otras lectoras puedan disfrutarlas. "A veces las traducciones son mejores de las que sacan después las editoriales", agrega Natalia. "Algunas novelas están en Internet pero es antieconómico imprimirlas y nosotras amamos los libros como son, de papel. Me gusta coleccionarlos", cuenta Nebe, que calcula leer 12 libros al mes.

Natalia asegura leer un promedio de 10 novelas semanales y más en vacaciones; sus gustos también se amplían al género policial (Conan Doyle, Stephen King), autores latinoamericanos como García Márquez y sagas juveniles como las de Harry Potter o Las Crónicas de Narnia . "¿Algún hombre me generará alguna vez la pasión que me despiertan los libros?", se pregunta Nati, de pollerita kilt, aros seductores e imparable locuacidad.

Ambas encontraron, en el intercambio a través de la web, una nueva vida social. "Con niveles educativos, edades y situaciones muy distintas, descubrimos que tenemos intereses parecidos, a veces nos juntamos varias y estamos horas hablando de todo un poco", afirman. Se empeñan en una cruzada para prestigiar al género: "Los libreros se ríen, te recomiendan otra cosa; nos duele que se subestime sin decir ''este libro puntual es malo''". Los comentarios en los sitios de Internet también expresan una queja por la ausencia del género en los suplementos culturales o la poca consideración del periodismo.

Tapas como semáforos

En su libro Una historia de la lectura, Alberto Manguel recuerda las colecciones de libros que existían en su infancia, entre ellos, los de tapas amarillas de la colección Robin Hood y unos en "cartóné" verdes o rosas. Los verdes eran libros de aventuras (Los tres mosqueteros de Dumas o Cuentos de la selva de Horacio Quiroga) y los rosas, las novelas de Louisa May Alcott, la saga de Heidi, las historias de la condesa de Segur. Con su prima se intercambiaban los libros y a ambos les encantaba Salgari. "Pero la serie rosa, que ella leía con impunidad, a mí me estaba vedada. Sus tapas eran una advertencia, más brillante que un semáforo, de que aquellos libros no podía leerlos ningún varón que se preciara. Eran libros para chicas", escribe Manguel, quien recuerda que "la idea de que ciertos libros están dirigidos a determinados grupos es casi tan antigua como la literatura". Así como la épica y el teatro griegos estaban dirigidos a un público predominantemente masculino, las primeras novelas griegas estaban dirigidas a las mujeres. Los romances griegos ya inauguraban ciertas características del género que sus lectoras reclaman hoy: el héroe y la heroína eran jóvenes y bellos, sufrían desgracias pero siempre con final feliz. Manguel recuerda que santa Teresa leía novelas de caballería inspiradas en esos romances y considera que Margarita de Navarra, las hermanas Bronté y Jane Austen "deben mucho a la lectura de romances". Coincide con la crítica inglesa Kate Flint en que la lectura de esas novelas permitía a su lectora algo emocionante: "Afirmar su sentido de identidad y saber que no era la única que lo estaba haciendo". Algo de eso parece haber en el entusiasmo con que las lectoras actuales comentan sus lecturas en Internet, entre un grupo de pares que manejan códigos compartidos.

Si el hecho de apartar una serie de libros para un grupo de lectores implicaba una segregación —recluir a las mujeres al ámbito de lo privado, estimularlas a consumir contenidos sentimentales apropiados a sus destinos de esposas y madres— también, como subraya Manguel, excluye a otros de ese espacio. Así como él, de niño, no se hubiera animado a leer un libro de tapa rosa, la novela romántica actual cuenta apenas con un 5 % de lectores varones. Sin embargo, las mujeres leen policiales sin pudor, de la misma manera que muchas leíamos a Salgari en la niñez.

Vida y ficción

Risueñamente, Annamaría Muchnick contó cómo una de las lectoras había dejado en la mesa de luz de su marido el libro Indias blancas de Florencia Bonelli "para que aprenda cómo tratar a una mujer". Desde una perspectiva solidaria de género, es posible intuir aquí una historia de doloroso desencuentro, quizás de maltrato. Y también constatar una forma de leer basada en la identificación, la inserción del texto en la experiencia cotidiana. Este tipo de lectura ético-práctica ha sido atribuida, tradicionalmente, a las clases populares. Sin embargo, el sociólogo Bernard Lahire afirma que esto es común a los lectores "diplomados", que "hacen lo mismo que los de extracción popular, se sumergen en las situaciones, se identifican con los personajes, los aman, los odian, anticipan lo que puede pasar o imaginan lo que ellos mismos harían, aprueban o desaprueban la moraleja de la historia, se emocionan, ríen, lloran leyendo novelas" y por lo tanto éstas "les permiten elaborar o reelaborar los esquemas de la experiencia y la identidad" (Sociología de la lectura). Lahire agrega que, por supuesto, en los lectores "diplomados" la lectura estrictamente estética no está ausente de sus discursos, pero que lo hacen "del mismo modo que los de extracción popular pueden hablar del ''buen estilo''". Y eso no es lo que más les atrae de las historias que leen.

"Para mí, una buena novela romántica es aquella que tiene un argumento consistente, con personajes creíbles, y donde me siento involucrada con algo de la historia, no necesariamente un personaje. Sé que es ficción y no leo para sublimar deseos ni para sentirme la heroína. Es una historia que no puedo dejar de leer, con diálogos ágiles y buenos momentos de tensión, con un desenlace satisfactorio", afirma Liliana Casagrande, maestra de 34 años, lectora de unas 100 novelas románticas al año y webmaster bajo el nick de Lily del sitio universoromance.com.ar. En la descripción de las reglas del género coinciden editores y lectoras: "El nudo es cómo llevar a buen puerto la historia de amor. Los clichés clásicos son el triunfo del amor, la supremacía del bien sobre el mal y el final con los protagonistas vivos y juntos", sintetiza Lily, cuyas autoras preferidas son Lisa Kleypas, Julia Quinn, Judith McNaught, Sherrilyn Kenyon y Linda Howard.

"Yo no podría matar al protagonista. Esto es literatura de entretenimiento. Las lectoras saben que toman el libro para evadirse de la realidad, no las podés desilusionar", afirma la escritora Florencia Bonelli, quien puso su mail en sus novelas y así entró en contacto con sus lectoras. "Necesito saber qué provocan mis libros", afirma. Llegó a recibir críticas de lectoras porque en uno de ellos la protagonista cometía una infidelidad, cuando el estereotipo determina que el amor de la pareja protagónica debe ser tan fuerte como para superar cualquier tentación que lo distraiga. Ahora Florencia evita esos deslices para agradar a su público. "Mi desafío es lograr que el mercado de la novela romántica crezca", afirma la autora cordobesa.

El mercado de los sentimientos

Bonelli ha logrado ventas que seguramente envidien escritores que ya consolidaron su nombre en el campo literario. Lo que dicen tus ojos fue publicada en febrero en España con una tirada de 7.000 ejemplares y tuvo inmediatamente una reimpresión de 2.000 más. Ahora acaba de lanzarse en el país con unos 5.000 ejemplares. De sus novelas anteriores, Bodas de odio vendió 9.000 ejemplares en España y América latina. Indias blancas vendió 8.000 libros en el país y tuvo también su segunda parte. Marlene, que salió durante la crisis de 2002, consiguió colocar sus 2.000 ejemplares, un logro en esa época. Una tirada normal de una editorial importante es de 3.000 ejemplares.

El sello Manderley, de Alfaguara, bajo el que sale su nueva novela, reeditará sus novelas anteriores más exitosas. Recién creado, publicará 20 títulos por año con tiradas de 7.000 ejemplares. Uno de los que saldrá próximamente en la Argentina será de romance erótico, El tutor de Robin Schone, sobre la tarea de un maestro en artes amatorias. "Gusta mucho a algunas y a otras no", admite Julieta Obedman, que apuesta a la diversidad en su catálogo.

Con ese criterio, Ediciones B ofrece cuatro colecciones: además de la tradicional Amor y Aventura, creó el sello Seda, historias en un contexto contemporáneo, con algo de suspenso y erotismo; una variante más sentimental, Para siempre; y Boulevard, comedia contemporánea, urbana y liviana, donde las mujeres se permiten amoríos varios sin problemas.

Experimentada en el género, Luz Henríquez, directora editorial de El Ateneo, se enorgullece de haber creado las primeras colecciones locales en Javier Vergara, hace muchos años. "Publicamos autoras anglosajonas, también francesas. La editorial se dirige al gran público. Hago tiradas discretas, de 7.000 ejemplares, y exporto el 60 %", afirma Henríquez. Su garantía de calidad es el prestigio de la editorial de origen: El señor del deseo de Paula Quinn o El príncipe del peligro de Amanda Scott, que ahora salen bajo el sello Rubí, fueron publicados por Time Warner, Benita Brown por la inglesa Headline, y Dan Jakobson por Penguin.

"Cuando salen en hardcover (edición de lujo o tapa dura) en Estados Unidos, venden cerca de 60.000 ejemplares, y cuando pasan al pocket superan los 400.000", afirma Henríquez, aunque aclara que la realidad norteamericana es muy distinta de la nuestra. Sin embargo explica que se trata de libros que duran mucho tiempo en catálogo. "Para una editorial joven esto es importante, porque son libros de larga vida", agrega. Un libro de Debbie Mc Comber, estrella del género en Estados Unidos, vendió 980.000 ejemplares en 2000 y en 2005 había trepado a los 4 millones.

La desintegración del canon

En su valioso libro El imperio de los sentimientos, Beatriz Sarlo hace un análisis profundo y respetuoso del auge del género a principios del siglo XX. Y aventura una conclusión feliz sobre el fenómeno sorprendente de su lectura masiva en la misma época en que surgían las vanguardias y los escritores se debatían entre Florida y Boedo. "Puede suceder que un consumismo facilista se constituya en obstáculo de otras ideologías literarias y que un modelo tan aceptable de literatura se imponga como regla de gusto", admite, aunque considera que es muy probable que haya ocurrido lo contrario: "El público nuevo no quedó indefinidamente fijado en el imperio de los sentimientos sino que logró compartir este imperio con otros. Algunos de estos miles de lectores pudieron haber pasado del sentimentalismo al humanismo de Boedo, al demonismo de Arlt, al sencillismo ''culto'' de Fernández Moreno".

"Las novelitas sentimentales pueden haber sido un agradable desvío o una sencilla estación para las iniciaciones", especula Sarlo. Quizás lo hayan sido, efectivamente para muchos lectores. Sin embargo mientras que el fenómeno actual, por una parte, deja abierta la puerta a esas transiciones, también genera nuevas preguntas. ¿Qué significa que, en pleno auge de los medios electrónicos, subsistan lectores asiduos fuera de la academia o la formación especializada? ¿Es "mejor" leer novelas sentimentales que mirar telenovelas? ¿Cuál es la mediación que debería ocurrir para que el gusto por la novela romántica habilite el goce estético de otra literatura? ¿Cómo se orienta un lector no especializado en el enorme supermercado del mundo editorial? ¿Deben los editores limitarse a publicar en función del gusto del público u ofrecerle la posibilidad de algo nuevo?

La Historia de la lectura en el mundo occidental de Chartier y Cavallo, termina con un artículo en el que se pronostica "la disolución del ''orden de la lectura'' propio de la cultura escrita occidental". Armando Petrucci plantea allí la ausencia de cánones entre los jóvenes, el destino efímero del libro, la aparición del "lector anárquico" y del escritor de consumo. Es quizás éste el escenario en el que debería interpretarse el significado de la supervivencia, en el siglo XXI, de la literatura sentimental y de sus lectoras ávidas, persistentes e interconectadas en la web. Como de profundos sentimientos está hecha, en definitiva, la lectura, vale subrayar la pregunta de la joven lectora: "¿Algún hombre me generará, alguna vez, la pasión que me despiertan los libros?".

 

Géneros: de la novela histórica al thriller

La novela romántica tiene en la actualidad una serie de subgéneros, generalmente asociados a la etapa histórica en la que están ambientadas o a la combinación con otros géneros como la novela gótica, la comedia o el thriller. Según los países o las editoriales, estos subgéneros cambian de nombre, aunque las lectoras los reconocen fácilmente por las colecciones en las que están ubicados o por las ilustraciones de tapa. Algunas de estas subcategorías son:


- Histórica: ambientadas preferentemente en la Edad Media , la Inglaterra del siglo XIX o Escocia. Ejemplos de esta categoría son El señor del deseo de Paula Quinn (Rubí) y Las hijas del capitán de Benita Brown (Rubí).


- Arabe: transcurre en Medio Oriente, ya sea en el pasado o en la actualidad. Algunos títulos son La novia cautiva de Johanna Lindsay (Vergara), Lo que dicen tus ojos de Florencia Bonelli (Manderley), La amante del sultán de Alexandra Sellers (Harlequín).


- Paranormal: es una de las tendencias más recientes, que incluye viajes en el tiempo en los que la heroína se enamora de un personaje histórico, o amores con seres extraterrestres u hombres felinos. Dentro de este grupo puede ubicarse a las novelas vampíricas en donde las costumbres de los parientes de Drácula son explotadas en su carga erótica, aunque al chupar la sangre de la amada el vampiro no la mata y nunca es definitivamente malvado o siniestro porque esto arrasaría con las reglas del género. Crepúsculo de Stephanie Meyer (Aguilar), orientada al público juvenil, y El príncipe oscuro de Christine Feehan (Titania) son exponentes del género.


- Sentimental: en la historia de amor son más importantes los sentimientos que el erotismo, un autor clásico de este género es Robert James Waller, autor de Los puentes de Madison County (Booket) y Tango en el paraíso (Vergara). Sobre la primera se filmó la película con Merryl Streep.


- Chic lit: narra la vida de la protagonista en tono de comedia, generalmente los episodios amorosos involucran a varios hombres alternativa o simultáneamente, son novelas urbanas y contemporáneas que transcurren en el glamoroso Manhattan o una ciudad similar. Es una de las variantes más recientes y muchas lectoras la consideran fuera del género. Un buen ejemplo es Los diarios del Botox de Janice Kaplan y Lynn Schnurnberger (Vergara), que narra las aventuras de dos mujeres que atraviesan los cuarenta pero no dejan de divertirse.


- Thriller: combina una trama policial con la historia de amor. Sin descanso de Julie Garwood (Vergara), narra una investigación por parte de una mujer del FBI que se cruza con un antiguo agente de la CIA de quien por supuesto se enamora. Otro ejemplo es Apuesta por mí de Susan Donovan (Titania), donde un perro, Hairy, une a los solitarios protagonistas en la búsqueda de un asesino.

 

 

NORA ROBERTS, LA AUTORA QUE MAS ESCRIBE

El romanticismo arrojado a la calle



Tiene 55 años y ya escribió más libros que Sidney Sheldon, Harold Robbins, Judith Krantz y Danielle Stelle juntos. Sus historias, que a veces combinan romanticismo y suspenso, no se basan en desigualdades sociales: los protagonistas pueden ser una maestra y un taxista. El final nunca es desolador.

La casa en la que Nora Roberts vive desde hace 34 años desafía toda clasificación arquitectónica. Tiene una línea zigzagueante y la fachada carece de referencias históricas o espaciales. En el interior, el aire es el de la casa de una abuela, no en el sentido de una abuela que alguna vez fue propietaria de la mitad de Maine, sino en el de una abuela propensa a comprar cosas que veía por televisión.

Roberts colecciona ranas de cerámica, por ejemplo; en la pared de su pequeña biblioteca tiene colgada una escena de Casablanca, y en la cocina hay una completa ausencia de cromo, granito, enfriadora de vinos o cualquier otro indicio doméstico de ostentación. Si Danielle Steele decidiera cambiar de casa con algún otro proveedor exitoso de ficción popular estadounidense, seguramente llamaría a John Grisham antes.

Acaba de publicarse en los Estados Unidos su libro número 166, Morrigan''s Cross, con lo que Roberts demuestra que sigue siendo una de las novelistas más vendedoras de los últimos diez años, así como la escritora romántica más prolífica de todos los tiempos. Tiene 55 años y ya escribió más libros que Sidney Sheldon, Harold Robbins, Judith Krantz y Danielle Stelle juntos. Treinta de sus libros llegaron al número uno de la lista de best-sellers del New York Times, el último de los cuales fue Angels Fall, que publicó Putnam el mes pasado y cuenta la historia de una joven chef de Boston que se muda al oeste para dejar atrás malos recuerdos.

Al igual que muchas de las heroínas de Roberts, Reece Gilmore no parece tenerlo todo y aspirar a más. Lo que distingue a Roberts de muchos otros escritores es cierta indiferencia a las ambiciones materiales que suelen caracterizar al género. Al leer una novela suya no se siente como si se estuviera recorriendo un catálogo de Neiman Marcus. La riqueza y el glamour no son las condiciones para enamorarse ni las consecuencias de ello. Casarse no supone necesariamente un ascenso social.

"El aspecto financiero no es algo en lo que piense demasiado", dijo Roberts, que usa un anillo de plata en un pulgar y fuma Winston. "Creo que muchos escritores hacen un mejor trabajo de análisis de su trabajo que yo. No sé qué es lo que me inspira, pero supongo que lo de Cenicienta nunca me resultó atractivo".

El romance es una categoría en expansión en el mundo editorial, y Roberts se especializa en un subgénero llamado suspenso romántico (con el seudónimo J. D. Robb, también escribe policiales). El término es como mínimo engañoso en el plano semántico, dado que, si bien los libros de Roberts siempre abordan los temas del amor y el delito, la resolución del asunto principal nunca está en cuestión. En una novela de Sidney Sheldon, una mujer apasionada podría terminar por ser ejecutada por homicidio, pero el destino de la heroína de una historia de Nora Roberts es un buen tipo que le pinta el living. "Siempre va a haber un final satisfactorio, siempre —explica Roberts—. No todos van a terminar muertos. No voy a escribir Ana Karenina ".

Roberts creció en Silver Spring, Maryland. Sus padres, un electricista irlandés-estadounidense y un ama de casa, eran primos terceros y recibieron una dispensa papal para casarse. Según cuenta, sus padres vivieron una gran historia de amor. Su recuerdo infantil más vívido es una ocasión en que sus hermanos mayores recibieron instrucciones de cuidarla. En media hora los dos chicos se enzarzaron en una pelea a la que la madre puso fin de inmediato cuando volvió. "Mi madre manejaba la casa con gran energía. En ese momento pensé: ''Ella es el poder'' —dice Roberts—. Creo que es por eso que nunca se me ocurrió escribir un libro en el que una mujer espera que llegue un hombre que se haga cargo".

Para fines de los años 70 Roberts era una mujer casada con dos hijos varones. Vivía en la zona rural de Keedysville y se había aficionado a las artesanías y a preparar tortas. En 1979 una tormenta de nieve le impidió salir de la casa durante unos días, en los cuales, buscando algo que hacer, decidió escribir una novela romántica. Escribió 55.000 palabras a mano y mandó el manuscrito a Harlequin, que lo rechazó.

En aquel momento Harlequin, una empresa canadiense con sede en Toronto, contrataba casi exclusivamente a escritores británicos. En 1980, sin embargo, Simon & Schuster creó una compañía, Silhouette, con la intención de que fuera una Harlequin estadounidense. La editorial publicó el siguiente trabajo de Roberts, Irish Thoroughbred, sobre una joven irlandesa que se relaciona con un criador de caballos estadounidense. En un primer momento la editorial rechazó la historia por considerarla demasiado étnica, recuerda la representante de Roberts, Amy Berkower. El interés de Roberts por la identidad transcultural no terminó ahí. En los años 90 escribió para Silhouette una serie sobre los Stanislaski, una familia ucraniano-estadounidense.

La norteamericanización de la novela romántica que se produjo en la década del 80 halló su mayor expresión en el desmantelamiento de las barreras de clase entre los hombres y las mujeres en torno de los cuales se desarrollaba la trama. Los héroes ya no eran los hombres más ricos del mundo libre, y no todas las mujeres eran institutrices. "Nora formó parte de ese primer grupo que dio un enfoque más democrático a las historias e introdujo la idea de paridad económica y emocional", señala Leslie Wainger, directora ejecutiva de Harlequin, que en la actualidad es propietaria de Silhouette.

Para algunos escritores, el interés por el equilibrio significaba ahora que todos podían ser ricos, pero para Roberts implicaba que una mujer podía ser maestra y que un hombre podía ser taxista.

Poco después de iniciada su carrera, Roberts se divorció. En 1985, se casó con un carpintero, Bruce Wilder, que actualmente dirige una librería que la pareja compró cerca de su casa. También saca fotos, muchas de ellas desnudos de mujeres jóvenes, que están colgadas en una pared del dormitorio del matrimonio por decisión de Roberts.

No es pacata, y si bien el sexo es objeto de mucha atención en sus libros, no es siempre lo que impulsa a sus personajes, que hablan como personas reales y también lo parecen. "Una de las cosas por las que se criticó al género romántico es la idea de que, para los personajes, el buen sexo equivale al gran amor", dice Leslie Gelbman, editora de Roberts y también presidenta y editora del Berkley Publishing Group. "Nora jugó con esa idea en varios libros, cuyas heroínas no sólo tienen experiencia en el plano sexual —en algunos casos más que el héroe—, sino que son conscientes de que, por más que el sexo es importante en toda relación romántica, no es lo mismo que el amor".

Roberts admite que no sueña con un reconocimiento literario. Hay motivos para creerle. En Angels Fall, Reece Gilmor renuncia al mundo de la alta cocina para trabajar en un restaurante modesto de Wyoming. Un día su novio, Brody, que escribe relatos de misterio, le recuerda que preparando hamburguesas no va a ganar "cualquiera sea el equivalente epicúreo del Pulitzer". ¿La respuesta de ella? "Prefiero cocinar un guiso".


(c) The New York Times y Clarín
Traducción de Joaquín Ibarburu


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